CUENTO: "Uno pa tí, otro pa mí; o el reparto del cajón de higos"

 

    Iba el maestro de paseo por la carretera del cementerio, como tenía por uso, después de acabar la escuela.

    La caminata, más que costumbre, era ya un rito. Lenta la ida  y  sopesada, haciendo  un alto,  como  fortuito, en la pared sombría de la ermita, justo debajo del ventanuco enrejado de la sacristía. Y tras un reposo dulce y relajante "ojos y campo", coger la marcha al hilo hasta la Peña, ceñido a la cuneta.

    Y ya en  la entrada, como en  vuelo  acariciador  sus manos, a ras  de las cabezas, atravesar con suavidad el corto espacio que separa  el camino de polvo de  los manantiales, por  una  angosta  senda  de machacadas plantas  de trigo  que no llegó a granar, pateadas una y mil veces,  y sólo rota su estrechez a corros en los puntales de la orilla por juguetones niños o mayores torpes, en las romerías.

    Un  trago  ansioso  de agua  cristalina  y  corta parada luego, pues  no es  preciso ya tomar aliento a la venida. El sol se va enterrando  entre  rojizas cuestas, y  poco a poco, con creciente estímulo, va, doblegando el valle, la dormida fresca. El calor no emborracha los pies y el paso se aligera.

    Era casi de noche, cuando el maestro alcanzó la esquina oriente de aquel cementerio a su regreso.

    Y oyó un murmullo dentro, débil pero apreciable, que en el primer instante le cortó el sosiego. Sacó las fuerzas del miedo y se acercó entre tiemblos, a  la  herrumbrosa verja. Chirrió  el metal  en  conmixtión con el auricular fundido, al repetido son de una voz paralela desde dentro, monótona y aguda en sumas y repartos, y en la gran confusión, ya no acertó, si aquélla, era de vivos o de muertos.

    Puso pies al sentido, y la intuición en alas le condujo al pueblo, haciendo cien recorridos cotidianos en el mismo tiempo. Lo contó,  en el mayor azoro,  a  sus vecinos,  que  a  no haberse tratado, precisamente de él, nadie le hubiera prestado el menor crédito.

    Acompañáronle, no sin mil dudas y en medio de la intriga y el silencio, se apiñaron al borde de la puerta.

        " Uno pa tí, otro pa mí; uno pa tí, otro pa mí; uno pa tí, otro pa mí; uno pa tí...."

    Y al cabo de un buen rato, - sumidos los de fuera en el estupor de tan raro reparto -, oyeron al de adentro:

        " tú coge la caja y yo la tapadera y ahora nos vamos a por los de afuera".

    El griterío, quebrantó de raíz, perpendicular,  el nítido silencio. La confusión se hizo torpe camino, tanto para los que espiaban como para los espiados. Tocaron las campanas y se alborotó el pueblo. La autoridad, ante lo sucedido, pregonó un bando,  y al instante , se armó la gente,  blandiendo entre sus manos,  palos, horcas y mil diversos instrumentos.

    Mandó el Alcalde al alguacil abrir la puerta, y éste, nervioso, tardó buen rato en conjuntar la impertinente llave con la cerradura; abrióse al fin y al penetrar, se dirigieron a una fosa abierta. Las luminarias y faroles, dieron a luz por un momento, un aparente día de noviembre en niebla. Se escrutó la fosa, y vieron, sendos montones de higos, a un extremo.

    El tendero, descolorido y húmedo, con cara huraña -pese a ver a la postre ante sus propios ojos recuperado su botín-, ya no acertó a recuperar su risa de usurero. Pues ese mismo día, dos gitanos, al verle penetrar en la trastienda, hábiles como liebres hacia el perdedero, le hurtaron un cajón de blancos y azucarados higos, dispuestos a la sazón para la venta.

 

             Leyenda popular de tradición oral de Wamba. Adaptación literaria:  JESÚS CADENAS ARROYO.